Coral de la Universidad de Cádiz | ‘El lamento de la voz’: ahondando en el Réquiem de Mozart
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‘El lamento de la voz’: ahondando en el Réquiem de Mozart

Sostiene Fernando Quiñones que Pericón de Cádiz defendía que no había tanta diferencia entre la ópera y el flamenco. Lo único, que en el bel canto “tó va p’arriba” y en el cante, “tó pa’bajo”. Seguramente, ambos hubieran disfrutado por igual de la sublime elevación y el descenso a las profundidades que provoca la última propuesta de la Coral de la Universidad de Cádiz, El lamento de la voz, a partir del Réquiem de Mozart. Aunque, evidentemente, no se trata de ninguna de las piezas operísticas que compuso, esta misa para orquesta sinfónica, coro y solistas, se presenta, en esta ocasión, en una versión que busca vincular y conectar el canto más clásico con el más hondo.

 

Bajo la dirección musical de Juan Manuel Pérez Madueño y la escénica de Miguel Cubero, el montaje parte de un concepto “wagneriano”, es decir, de “obra total” diseñada para la representación, donde confluyan diversas artes a través de múltiples lenguajes. De esta manera, junto con la Coral UCA, la orquesta Álvarez Beigbeder y el cantaor David Palomar, entre otros, se ha conformado un magnífico y original espectáculo construido con sentido y sensibilidad. Con lo primero, puesto que en un mundo global que sigue creciendo en lo virtual, donde la técnica ha alcanzado grandes cotas de fidelidad y calidad acústica, el riguroso directo debe ofrecer cada vez más. Y con lo segundo, porque lleva a la emoción a través de todos los elementos que conforman la puesta en escena.

 

 

Un momento del espectáculo ‘El lamento de la voz’.

 

 

De esta manera, sorprende la disposición de la orquesta en el centro, rodeada por una plataforma semicircular que desemboca en dos marcos de puerta centrales, como misteriosas entradas y salidas del espacio-tiempo que buscan el camino para conectar entre creadores y espectadores, ahondando en lo que une y no en lo que separa. Sobre esta estructura se dispone el coro, que también se extiende por los laterales a ras de suelo, mientras que el piano solista, Daniel Borrego Marente, y el guitarra, Alejandro Mendoza, se sitúan a ambos lados del frente de la tarima, flanqueando al director de orquesta.

 

El espectáculo inicia con el baile de  Jesús Fuentes acompañado en la danza por Carolina Sánchez y Eva Pérez, deslizándose como tres piezas de la misma figura, pero sin la presencia de la música, lo que provoca un sentido sobrecogimiento. No en vano el dramaturgo Juan Mayorga disertó recientemente sobre la importancia del silencio en la escena en su discurso en la Academia de la Lengua. Luego, a lo largo del espectáculo, los tres danzantes desarrollan la coreografía diseñada por Fuentes, perfectamente engarzada y centrada en la estilización de la danza flamenca, que se torna casi geométrica pero sin perder duende, en unos números que funcionan a modo de ilustraciones o como interludios, como el elegante solo de mantón a cargo de Carmen Guerrero.

 

Destaca por su riqueza y elementos de sorpresa el diseño de iluminación. Además del recorrido del azul al ámbar o el cruce de focos que también parecen danzar, entre la orquesta se disponen diversas luminarias que crean una ambiente de ensoñación. Debe destacarse el precioso juego que se lleva a cabo con las lamparitas de lectura que portan los miembros del coro que, cuando rotan en círculo en varios momentos del espectáculo, asemejan una nube de libélulas; o el efecto de espejos al agitar el libreto de partituras encuadernado con portadas de aluminio, pintando de plata el sobrio vestuario, todo en negro y solo salpicado con alunas gotitas de color.

 

 

El teatro Falla de Cádiz acogió el estreno de ‘El lamento de la voz’.

 

 

Los solistas Susana Casas (soprano), María Ogueta (contralto), Juan Manuel Sancho (tenor) y José Julián Frontal (barítono), parecen emerger desde el centro del escenario, elevándose entre la orquesta, para terminar sus intervenciones en proscenio, formando en todo momento un encaje perfecto con el coro y la orquesta. Por su parte, David Palomar llega hasta la médula con sencillez y verdad, sostenido por unos arreglos musicales que suenan frescos y novedosos, e incluso, sorprendentes, como el rasgueo de las cuerdas del piano, que parece  rebuscar en sus entrañas. A lo largo del concierto, los diferentes estilos confluyen de manera natural, como si brotaran de una misma fuente: un Cádiz cuna del cante, que también fue centro operístico, teatral o musical al que tanto debe —más de lo que se sabe— el nacimiento del flamenco.

 

Al final, todo pasa y todo queda. Pero como lo nuestro es pasar —con permiso de Machado, Hemingway, Donne y Mozart— no hay que olvidar que, al igual que el doblar de las campanas, cuando se interpreta un réquiem, están cantando por ti.

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